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Domingo, 5 de junio de 2016, Revista Dominical
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Errores irreparables con los ancianos

•  Por: Raúl Pino-Ichazo Terrazas - Abogado Corporativo, Docente universitario, Escritor, autor del libro Senectos-Hacerse Viejos, Edit., CIMA, La Paz


No se debe menospreciar la sabiduría de los mayores
El estudio de esta maravillosa fase de la vida puede concitar muchas esperanzas para quienes se encuentran en otros estadios de la vida, por la obtención de una información realmente excepcional en cuanto a las características de comportamiento que resumen toda una vida. Es significativamente admirable y conmueve al más impuro en la comunicación que los humanos desplieguen una verdadera metamorfosis para corporizar o encarnar y transmitir sus vivencias al ocaso de su existencia con una vitalidad excepcional: exenta de todo disimulo o morigeración; para ellos lo cardinal es la comunicación y el lenguaje corporal que, interpretado correctamente, es, sin duda, un manantial de información inagotable, sin embargo, una mayoría no aprende a traducir, a sabiendas o por error fáctico que allí se encuentra la fuente de la verdad, pues, salvo el caso de personas sicóticas, que confirman la regla, nadie, ante la proximidad del fin de su existencia persiste en no ser honesto.

La evasión anticipada de este mundo que virtualmente ejecutan los ancianos al ingresar a esta fase, es el limbo necesario para proyectar a su círculo humano una atrayente y totalmente desinhibida postura: lenguaje sin eufemismos y actitudes sin observación al canon social, pues el tiempo apremia, y la comunicación debe ser directa, impactante: que produzca el efecto de la reflexión, desmoronar al raciocinio y provocar la compunción, inquietando indubitablemente a un maravilloso resorte moral interno que poseemos los humanos: la conciencia, que producirá intermitentes depresiones en el individuo hasta lograr una recomposición de actitudes y actos realizados, que directa o indirectamente perjudicaron a otros y que pueden ser reparables o compensables en este vida. El sedimento axiomático de estos avatares internos es la reconducción. Es una reconducción motivada por el escrutinio de una persona acercándose al final, por ello es el testimonio valido de una experiencia propia, alejada de toda influencia de conocimientos convencionales: la sabiduría de la vida se plasma con miles de marcos de referencia obtenidos.

La indocilidad que es manifiesta en el comportamiento de los ancianos es el resultado directo de su libertad; así como son conscientes de su final, lo son sobreabundantemente con el diálogo, la retórica y la confrontación de los temas cotidianos, y pueden desestructurar con sus argumentos las posiciones más elaboradas y presuntamente consistentes: poseen la fuente de la vida y beben de su filosofía. Parecería inextricable este arribo a la disponibilidad de conocimientos respaldados por la experiencia que surgen como inagotables manantiales buscando su inexpugnable destino: la asimilación por otros seres para que eviten ocluir su sentido de percepción y apliquen a su controversial existencia y la insostenible, a veces, vaciedad de la vida, este obsequio sin retorno que deposita otro ser enriquecido con experiencias. Se requiere de una vibración conjunta para entender los constantes mensajes que se irradian y que encierran una intencionalidad inconfundible del sentimiento puro y reconciliador para el que las genera, más aun, el ejercicio de comprensión de los signos emitidos es una real preparación a una fase que nos sobrecogerá inclaudicablemente y que la conciencia trata de mantener el trasvase a fuego vivo, como un diligente coadjutor. El intentar clasificar, menos metodizar este incontenible proceso se parangona a la ilusión de medir el horizonte, y es una acción tan irreprimible que circunvala el cerebro del sujeto hasta extraer el ultimo conocimiento o experiencia. En este estadio, se supone que se alcanza la paz y el sosiego.

Se comete un irreparable error cuando se convive con ancianos, sentenciándolos a un virtual destierro, no físico sino comunicativo y de ausencia del diálogo. Si es el caso, se estará impidiendo que despunte la información más enjundiosa y eficaz para afrontar el interrrelacionamiento humano, que es la prueba cumbre de la vida, porque es terrenalmente y frente al prójimo que debemos desplegar todas las virtudes morales y de equidad para propender humildemente a una paz interna y rearme de la conciencia, amén del resultado fecundo de la existencia.

La causa para que germinen estos casos puede ser la infatuación que los humanos ostentan en algunas etapas de la vida, en las cuales se cree que no existe freno a nuestros propósitos y emprendimientos a porfía, menos entonces, se asignara valor a la inmarcesible experiencia y erudición de los ancianos.

Hay ausencia de vaguedad en la consistencia de la aprehensión de experiencia y de las necesarias luces para orientar y reconducir la vida de personas más jóvenes: un horizonte sin límites para que los incrédulos y quienes nunca confiaron en las capacidades humanas que, cuando se las exige nos arrojan inesperadamente los resultados más sorprendentes, hasta inverosímiles, de la grandiosidad de la creación en lo tocante a capacidad intelectual y de configuración de soluciones e ideas rutilantes.

La piedad, la compasión, la conmiseración, la indulgencia, la clemencia la ternura y el altruismo se acrisolan en una única vez, como unión expresiva de una culminación de vida. Este es precisamente el estadio de una vida que debemos aprehender con dedicada fortaleza, pues estaremos protegiéndonos de continuar con la cultura de repetir errores, que no se corrigen por décadas, por una lamentable presunción de posesión de la verdad y justificación plena de un momento vigoroso de la vida que obnubila a la mayoría y le produce tropezar con el mismo obstáculo, una y otra vez; para que también se pondere la fuerza que asume la vanidad en algunos espíritus. Vivir en esa peligrosidad es socavar las propias defensas y cuando se quiere recurrir al trasvase de experiencia y sabiduría de los ancianos, ese espíritu está angustiosamente derrotado y consumido al haber asfixiado los escrúpulos de la conciencia.

Tal es la obcecación que priva a una idea preconcebida de la capacidad de juzgar con claridad, que se elige socarronamente el eufemismo de la decrepitud de los ancianos antes de valorar su inextinguible aptitud de comprender y emitir soluciones a intrincados problemas de interrrelacionamiento y sobrevivencia diaria, que evita el camino del oscurantismo e irrumpen con innata genialidad que nos conmueve hasta la admiración más recóndita, pues en esa confirmación de experiencia existe prodigalidad.

Los ancianos, una vez que envisten esa calidad, no cesan de convocarnos con sus constantes reflexiones y narraciones de eventos vividos que trasuntan experiencia, visión de solución, y elección de la más adecuada y propicia para la circunstancia; esclareciendo significativamente la pasión del conflicto y amenguando la efervescencia de nuestro enfoque personal.

Muchos de los desatinos en la vida que a veces son irreparables, se cometen por la prevalencia de la pasión, y en los ancianos reverdece la primacía de la reflexión pausada y exenta de toda exacerbación de naturaleza primitiva.

Ahí se concentra la naturaleza de esta etapa de la vida, donde la invulnerabilidad de los conocimientos de los ancianos, hace su máximo fuerte en la transmisión y principalmente en la acción de desenmarañar la complejidad de las reacciones humanas, que son la causa para el efecto de las penalidades y vicisitudes que se atraviesan, y son un denominador innegable del alcance de la vanidad humana que prefiere al acción comprometida con la pasión que obnubila, antes que la elaboración meditada de la actitud, cobijo preventivo de desgracias.


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